Hace ya más de un siglo, en “Meditaciones del Quijote”, Ortega y Gasset afirmaba: “Yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. A veces olvidamos que, esa circunstancia primaria y fundante de todo ser humano, el primer entorno que nos acogió y definió, es la madre. Es la madre quien por vez primera nos enseña que el mundo tiene reglas y que las mismas están impregnadas de amor y piedad.
Los abogados mucho antes de conocer la Constitución, el Código Civil o las salas de audiencias, comparecimos todos sin excepción, ante el Tribunal de la justicia doméstica. Es allí, en la aparente sencillez de repartir un juguete entre hermanos o mediar en la disputa de quien ve televisión, donde conocimos la equidad.
La madre que suele presidir aquel tribunal doméstico no aplica la ley de la selva para la solución de los casos, ni una igualdad matemática fría. La madre aplica lo que en derecho romano sería la aequitas, esto es, dar a cada hijo según su necesidad y mérito, equilibrando la balanza con amor y sabiduría incomparable. Como bien intuía Calamandrei en “Elogio de los jueces escrito por un abogado”, la justicia necesita “calor humano”. La justicia doméstica que imparte una madre es precisamente, la justicia con temperatura humana.
La influencia de una madre no sólo constituye una construcción poética, sino que, hoy en día, cuenta con diversos estudios científicos que la respalda. Estudios actuales como los de Ruth Feldman sugieren que el afecto temprano y la interacción materna son determinantes en el desarrollo de la corteza prefrontal, el área del cerebro encargada del juicio moral, empatía y toma de decisiones. Es decir, nuestra capacidad biológica de ser “justos” está conectado íntimamente con el amor e interacción materna.
Algunos personajes universales ya reconocían hace muchos años que su “norte” ético fue herencia materna, así por ejemplo, Abraham Lincoln afirmaba: “Todo lo que soy, o espero ser, se lo debo a mi ángel madre”. Por su parte, el escritor francés Víctor Hugo sostenía: “ los brazos de una madre están hechos de ternura y los niños duermen profundamente en ellos”, paz que sólo se entiende en un entorno de seguridad y justicia para un niño.
En nuestro país algunos rostros pueden encarnar esa “madre de la justicia”. Viene a mi mente, por ejemplo, la figura de Trinidad María Enriquez, primera abogada del Perú. Creemos que no se puede entender su fortaleza para luchar contra la exclusión del siglo XIX sin imaginar la fortaleza ética que debió haber recibido en su hogar cusqueño. Ella llevó la justicia doméstica, que no entiende de exclusiones arbitrarias, al ámbito público, exigiendo que la ley se acercara siquiera al espíritu de justicia que rige en los hogares más nobles: Una ley que, por encima del género valore el esfuerzo y la inteligencia.
La primera justicia que conocimos en este mundo de manera casi inconsciente fue la de casa. Fue aquella quien nos enseñó que, “lo mío” termina donde empieza “lo tuyo”, y que la verdad es el camino para la paz.
Esa justicia tiene una madre, y es la misma que nos trajo al mundo. Por ello, este segundo domingo de mayo, además de haber celebrado un vínculo biológico, tal vez también pudimos conmemorar la fundación de nuestra conciencia ética. A mí, personalmente, me tocó celebrar esta fecha, en notable coincidencia, un año más de la partida de mi madre, pero creo que, en última instancia, cada vez que un abogado defiende una causa noble, no está haciendo otra cosa más que honrar las lecciones de aquella primera jueza que, con suma paciencia y amor, nos enseñó la diferencia entre el bien y el mal.
Franklin Eduardo Ocampo Cabanillas, Abogado Asociado Senior del Área de Solución de Conflictos – Procesal Civil de TYTL Abogados
